Bolsonaro, Trump y Duterte: ¿porqué están ganando los intolerantes conservadores?

- Por

Son hombres que prefieren el uso de las armas antes del diálogo, son también políticos que protegen a su grupo más cercano y despotrican en contra de los migrantes y los pobres. Les encanta ofender, crear polémica, lanzar ataques directos y apuntar con el dedo a sus rivales políticos. Se trata de los nuevos presidentes de ultraderecha que están fascinando a sus votantes, pero, ¿porqué se está votando en masa por los intolerantes conservadores?

El último gran ejemplo ha sido el triunfo sólido de Jair Bolsonaro. El exmilitar y ultraderecha ha ganado con el 55% de los votos brasileños y traerá al país un gobierno amparada en el uso y promoción de las armas, además de una fuerte militarización del país. Su discurso homofóbico, misógino y clasista ha fascinado a miles de millones de brasileños. Todo esto gracias a que el partido de izquierda tiene graves acusaciones de corrupción, su líder está preso y han mantenido a Brasil sumido en una inseguridad total.

El caso de Bolsonaro se parece mucho al de Donald Trump, el magnate que se aventó al juego presidencial en Estados Unidos y para sorpresa de sus rivales, resultó ganador también de forma sólida. El discurso trumpista es bastante similar al del brasileño: se echa la culpa a los extranjeros y las minorías, se privilegia la visión nacionalista, promueve el uso de armas para tapar la violencia y arremete contra sus rivales, escalándolos al grado de delincuentes o traidores a la patria.

Estos perfiles de ultraderecha están seduciendo a las masas por razones bastante extrañas. En principio, los gobiernos de izquierda o de corte demócrata, como el caso estadounidense, continúan vendiendo una narrativa llena de esperanza y de acciones de trabajo enfocadas en la realidad nacional. Sin embargo, personajes como Trump y Bolsonaro se basan en las promesas, en ocasiones imposibles, para seducir a sus votantes.

De repente Bolsonaro promete más tortura a criminales, de repente Trump asegura que deberían cerrarse los medios de comunicación más críticos, todo esto resulta novedoso para el discurso político y los votantes que piensan igual que ellos salen en masa a votarlos. Quizá el caso más fuerte de estos discursos violentos sean las promesas de campaña que llevaron a la presidencia a Rodrigo Duterte, en Filipinas. En su lucha por acabar con las drogas, su policía tiene permiso de asesinar a todos los adictos a la droga que encuentren.

Los personajes como Trump o Duterte son hombres de clase media-alta, acostumbrados a usar la oratoria explosiva en cualquier oportunidad frente al micrófono. Generalmente no escriben grandes textos, gustan más de hablar frente a las cámaras o de exponer rápidamente en redes sociales son posturas más radicales. Esto rompe con la formalidad de la expresión de los gobiernos tradicionales y acerca a los candidatos a los votantes más radicales que encuentran en ellos una voz que habla constantemente y que en cada frase refuerza los prejuicios de ciertos grupos.

Cada presidente intolerante se ha lanzado en contra de ciertos grupos incómodos para su país, con lo que se han hecho de seguidores inmediatos. Trump eligió como enemigos a los medios de comunicación y los migrantes pobres. Duterte encontró en el combate a los narcotraficantes y los adictos a la droga a sus villanos perfectos. En el caso de Bolsonaro, su enemigo principal son los criminales pobres de Brasil, los homosexuales y “los comunistas”, como gusta llamar a sus rivales de izquierda.

Para la política tradicional, estos personajes no deberían funcionar, debido a su inexistente estrategia. Pero han brillado usando un discurso casi cinematográfico, en donde se vende una historia antes que un proyecto político. Pueden ser al mismo tiempo villanos y héroes, así que disfrutan saltar de un papel a otro. En una sociedad adicta al entretenimiento, los personajes bien estructurados y sólidos son más vendibles a los votantes.

En campaña, Bolsonaro es apuñalado por un brasileño pobre; Trump asegura que hay musulmanes entre la caravana migrante que se acerca a su país para entrar de forma ilegal; Duterte asegura que la droga está tan cerca de los niños filipinos que no hay otra manera de actuar más que matar a cualquier sospechoso. Con estas historias en donde los presidentes apuntan a un enemigo sin forma definida, el pánico se desata de inmediato y entra el miedo en los electores.

El odio, la xenofobia, el racismo, el clasismo, la homofobia, la misoginia, el ataque al periodismo libre, entre otros, han hecho de las narrativas de unidad y reconciliación suenen poco atractivas para los votantes. Al electorado le sonó bastante simple el discurso de Hillary Clinton o Fernando Haddad, por lo que podríamos estar hablando de una nueva ola de Bolsonaros y Trumps que ya se están preparando sus discursos para las próximas elecciones en varias naciones del mundo.