Así son los campos de entrenamiento del cártel más poderoso de México

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En febrero de este año en este portal informamos sobre los campos de entrenamiento y el modo en que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), captura y recluta a sus miembros. Tres meses después, un nuevo testimonio confirma la violencia y las actividades del CJNG.

En su momento, se reveló que el CJNG ocupa distintos portales y redes sociales que ofertan trabajos para contactar con nuevos reclutas. El patrón se vuelve a repetir: una oferta de empleo como agente de seguridad, un pago que va de 3 mil 500 a cuatro mil pesos semanales, más viáticos y gastos incluidos.

Los nuevos datos llegan a partir de una entrevista realizada por Telemundo a un sobreviviente de estos campos de entrenamiento, quien señaló haber pasado tres meses recluido por el cártel y logró escapar para contar su historia, de la cual retomamos sus revelaciones.

Según los dichos de Pedro (seudónimo del testigo), lo reclutaron por casualidad, tras conocer a un individuo en un bar, quien luego le pidió el número y lo contactó para ofrecerle trabajo como agente de seguridad, el sueldo eran 4 mil pesos semanales, más viáticos.

Lo citaron en una estación de autobuses. “Yo veía que llegaba mucha gente. Éramos 19 hombres de edades entre los veinte y los treinta y tantos años. Había albañiles, carpinteros, mecánicos, guardias de seguridad de antros, licenciados, contadores…”.

Los trasladaron a la Ciudad de México, les alojaron en un hotel con spa. A las seis de la tarde, la persona que dirigía la expedición dijo: “¡Vámonos!”. Partieron rumbo a Puerto Vallarta, Jalisco y en dos ocasiones les preguntaron si querían continuar: “Para quien se suba al autobús, ya no hay vuelta atrás”. Los más chavos dijeron: “Yo sí voy. Yo quiero trabajar”. Y los demás les siguieron. Al llegar al destino, los metieron en una casa y les explicaron se irían a la sierra de Jalisco, pero no para ser agentes, sino para trabajar con el CJNG.

Una realidad atroz

El campo de entrenamiento al que llegó Francisco estaba en Talpa de Allende, un municipio de poco más de 15 mil habitantes en el estado de Jalisco. Un grupo de hombres pertrechados con fusiles de asalto y lanzamisiles portátiles, subieron a los 19 hombres a bordo de camionetas de lujo y les condujeron por caminos de terracería a un lugar oculto den la sierra de Talpa.

La primera camioneta se paró, alguien sacó una pistola por la ventanilla, soltaron tres tiros y automáticamente se abrió un portón. Pasaron todos y, de nuevo otros tres tiros, era la señal para volverlo a cerrar. Desde algún lugar desconocido abrían y cerraban ese portón.

Una vez dentro, les quitaron los celulares y los desnudaron. “Tenían unas baterías de carro y nos mojaban y nos hacían agarrar los bornes. Así, si llevabas un GPS enterrado en la carne, se quemaría. El toque fue tan fuerte que prácticamente me oriné”, explica Pedro.

El jefe de plaza era un hombre joven, de unos 28 años, calcula Pedro. Eligió un apodo para dirigirse a cada uno de ellos y el entrenamiento empezó con la instrucción en el manejo de armas cortas y largas: escuadras, cuernos de chivo y también.

Novatada caníbal

En la estricta disciplina que impusieron los instructores, un error podía ser fatal y lo fue para uno de los 19 reclutas que, nervioso, no fue capaz de armar la pistola.

“En un abrir y cerrar de ojos lo mató. Nos dijo que no servía porque en una acción real le agarraría el pánico y nos pondría a todos en peligro”, asegura Francisco. Entonces comenzó lo que el cártel llama “el bautizo”. Todos se acercaron al cadáver del compañero recién asesinado.

-¿Cuál es la primera regla? -preguntó el jefe de plaza.

-Si no hay cuerpo, no hay delito que perseguir -respondieron dos de los comandantes.

-Ok, ven para acá tú, greñudo. Córtale la mano sin miedo. ¿No lo quieres hacer? Nada más dime que no lo quieres hacer.

“Sabías que si decías que no, te iban a matar”, continúa Pedro. Temblando, empezó a cortarle la mano. A Pedro le tocó el antebrazo. “Lo tuve que hacer, no tienes opción. El miedo, la sangre”.

Fueron pasando uno por uno. Al más tímido del grupo le reservaron la tarea más difícil: cortarle la cabeza y machacarla con una piedra. Cuando el cuerpo estuvo cercenado, les obligaron a comer algunos pedazos. “Hubo uno que no lo pudo comer y lo vomitó, pero se lo levantaron con tierra y le obligaron a comerlo”.

Las prácticas de canibalismo que describe Pedro coinciden con la versión de un grupo de sicarios del cártel detenidos en junio pasado. Declararon que lo hacían para llegar a ser insensibles.